miércoles, 16 de marzo de 2016

Artículo tras la muerte de Don Publio


Hay gente a la que leer que uno pueda llorar por la muerte de un sacerdote sin ser familia suya pueda quizás parecerle extraño. Pues yo llevo haciéndolo desde hace unas horas que me enteré de que uno de ellos había fallecido aquí en Sevilla, y me cuesta trabajo escribir estas líneas, pues de vez en cuando tengo que parar para secar alguna lágrima que se escapa traicionera a mis intentos de retenerla.
Era un sacerdote común, ninguna dignidad eclesiástica en el más puro término peyorativo de la palabra, aun siendo Canónigo de la Catedral y Capellán real. Pero a la vez, él era otra cosa, ese sacerdote cercano al hombre hasta no solo saber compartir sus problemas, si no hasta ser capaz de ahondar en el alma del hombre e iluminarla. Por eso a la vez que común era extraordinario.
Fue –al igual que para otros muchos amigos y familiares- mi “padre espiritual” desde los dieciocho años a los que me enseño que ser cristiano no solo no era incompatible con la vida del hombre de hoy, si no que era absolutamente conveniente para ese hombre, tan perdido entre los vericuetos de una sociedad que cada vez nos esclaviza más, al reclamo del hedonismo y el humanismo mal entendido. Que el cristiano no es una persona triste de sacristía –un cristiano triste es un triste cristiano- si no que debe ser capaz de trasmitir desde su ubicación en la sociedad, la alegría del mensaje de Aquel que hace ya más de dos mil años nos trajo la noticia de que teníamos un Padre en el Cielo al que podíamos llamar como Él mismo llamaba –“Abba”, papá- y que ese Dios papá nos conocía a cada uno personalmente y nos amaba de forma individual.
Marcó huella en varias generaciones de sevillanos –él, un palentino que llegó a Sevilla a principio de la década de los cincuenta y que mezcló sin chirriar ni un poco siquiera la reciedumbre de su tierra natal con la forma especial que tenemos de entender la vida por estas otras tierras- y desde su sencillez sólidamente cimentada en una formación extraordinaria –Filosofía y Teología por la Universidad de Comillas, Filosofía y Letras por la Complutense, profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Sevilla- supo meterse como nadie en el alma de todos los que tuvimos la inmensa suerte de conocerle y beber de sus palabras.
Y luego, casi sin darme cuenta, pasó el tiempo y se convirtió en el “abuelo espiritual” de los hijos de nuestra generación a los que vio nacer, bautizó y algunos hasta casó –a la mía lo iba a hacer el año que viene, lo hará desde el Cielo- sabiendo iluminarlos y guiarlos por el mismo camino que a nosotros decenios atrás.
Y ahora me acabo de sentir un poco más huérfano aún, pues aunque hacía ya tiempo que no nos veíamos con regularidad, sus palabras seguían orientándonos cada poco tiempo a través de sus pequeñas cartas, siempre certeras, siempre clarificadoras, y ahora tendré que limitarme a volver sobre ellas una y otra vez para encontrar siempre esa frase que, sin saberlo, estaba esperando y necesitando.
Otro cura me habló en una ocasión de la “soledad del sacerdote”, siempre acompañando y muy pocas veces acompañado. Aún no sabría decir si este fue su caso alguna vez, pero lo que es seguro es que ahora todos esos momentos de acompañamiento a los demás se verán ampliamente recompensados cuando, cogido de la mano de papá Dios, se vea eternamente rodeado de todos aquellos que una vez llegaron a Él gracias a su eterno acompañar al Hombre.
Nunca le trate de tú, realmente apenas nadie en Sevilla lo hacía, hasta el punto de preguntarme una vez mi hija si “Don” era el nombre y el resto el apellido. No era por ninguna razón especial ni por nada en concreto, simplemente era así.
Pero hoy sí, por primera vez desde que nos conocimos quiero hacerlo y darte ese abrazo de agradecimiento tardío por todo lo que has hecho por mí y que quizás nunca supe darte lo suficientemente fuerte.
Nunca te olvidaremos, Publio, nunca; y sigue hablándole a Él de cada uno de nosotros.
José Manuel Calderón, en el paso de la muerte a la Vida de Don Publio Escudero.