lunes, 29 de julio de 2013

Oración, ¿para qué rezar?

Hola, queridos hermanos de la Escuela de formación del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.
No sé cómo empezar a reflexionar sobre este tema, ya que es excesivamente amplio y tremendamente personal.  Lo que haré es responderme a algunas cuestiones que yo misma me hago. Y quizás sirvan (las preguntas) para que cada uno pueda hacer lo mismo en su reflexión.
Lo primero que me he preguntado es, por qué he escogido este tema, del que se podrían escribir tratados y hacer talleres o ciclos y seminarios, para una reflexión de un par de folios. Realmente puede parecer una locura o una insensatez, incluso un atrevimiento por mi parte. De antemano os pido disculpas.
Pero, bueno lo he escogido, delante del Sagrario, orando. Y por algo será.
He escogido este tema, consciente de su relevancia en mi vida, y a la vez consciente de la necesidad de profundizar en él. Supongo que más de uno de vosotros coincidirá conmigo, al menos, en el primero de los motivos que he expuesto y también creo que en el segundo (según los resultados de la revisión del curso, muchos coincidimos en profundizar en este tema).
Me gustaría partir de un principio compartido (por lo genérico) que podría ser una sencilla definición: la oración es la relación con Dios
Partiendo de aquí, si todos tenemos (o queremos tener) a Dios como centro de nuestras vidas, tenemos que relacionarnos con ÉL. Por eso la oración es algo inherente a nuestro ser cristiano.
¿Para qué rezar? Al intentar dar una respuesta de para qué tenemos que orar, me salen muchas, muchísimas razones  (seguro que a vosotros muchas más), pero voy a centrarme fundamentalmente en tres:
·        Orar para sentir que Dios es Dios y es mi Padre. Parece tonto, verdad? Sentir que Dios es DIOS. Pues yo necesito saber de Dios, de su esencia, de su ser. Ser consciente de su infinitud, de su Santidad, de su amor perfecto.
Y a la vez, que ese Dios es mi Padre. Para mí este aspecto tiene que estar presente siempre en mi oración. Cuando rezo tengo que “notar”, tengo que “degustar”, tengo que “interiorizar” y “saborear” que estoy intimando con MI PADRE. Necesito sentirme hija suya; necesito sentir conscientemente, que me siento amada por Dios, fundamento para vivir la confianza y el abandono en sus manos. Cuánta paz, cuánta plenitud, y cuánto gozo, el experimentar el amor de Dios, ese amor personal de ÉL a mí.
Y cuántas lágrimas y dolor, cuántos ratos en los que lo busco para encontrar respuestas que humanamente no existen, para encontrar algo de consuelo, algo de esperanza, algo de sentido. Y me muestra la respuesta en la Cruz. Y me basta
Pero también, qué avergonzada me siento, por tener que pedirle que me perdone una vez más, un día más. Y me encuentro su mirada de cariño dispuesta siempre a darme su perdón continuo. ¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo! Y qué agradecida me siento por ello: “Señor, tú sabes que te amo. Señor tú sabes que te amo. Señor tú sabes que te amo.”
·        Orar para vivir la fe en libertad. Es la segunda vertiente de mi oración, y que nace inexcusablemente de la primera. Ese amor que siempre parte de Dios hacia mí, hacia nosotros, exige en mi vida una respuesta. Una respuesta personal, libre y madura. Y es en la oración, dónde tengo que encontrar mi respuesta personal. Ese flujo de Amor se personifica en Jesucristo. Por eso la oración es lo que propicia el camino de conversión que libremente ha de elegir cada uno. Es a través de la oración dónde iremos descubriendo cuál es la voluntad del Padre para cada uno de nosotros, en este momento, en estas circunstancias.  
Es a través de la oración donde hago realidad que Él es “el camino, la verdad y la vida”. Y pongo los ojos fijos en Él para intentar vivir según Él. Y es lo que le pido: Señor, ayúdame a tener tu mirada, a tener tus gestos, a tener tus palabras, a tener tu alegría, a tener tus entrañas de misericordia.
·        Orar para vivir la comunión de los santos. Es a través de la oración cuando más unida me siento a los demás. Es al rezar cuando el Padre me hace ver que no es MI Padre, sino NUESTRO, y por tanto los otros son mis hermanos. Unida a través de la Iglesia universal a los que tengo cerca y a los lejanos, celebrando las alegrías de todos y sufriendo con el dolor de los más débiles y necesitados, y percibiendo de alguna manera la Resurrección de Cristo en los nuestros que ya gozan de su presencia.
Y unida a la Santa de todos los santos, a nuestra Madre María a la que miro con cariño de hija, y admiración de creyente, a la que pido que me ayude a ser como ella, discípula ejemplar de Jesús en la fe, en la esperanza y el amor. Y ella me dice: “Haz lo que Él te diga”.
Hermanos termino esta reflexión pidiéndole al Señor por todos nosotros, para ello recemos juntos, con las manos unidas, como siempre los hacemos:
PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
VENGA A NOSOTROS TU REINO
HAGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.
DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA
PERDONA NUESTRAS OFENSAS
COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN
NO DEJES CAER EN LA TENTACIÓN,
Y LÍBRANOS DEL MAL. AMÉN.
 
 
Valle P.