jueves, 11 de julio de 2013

"El domingo, día del Señor", por Mons. Ángel Rubio

Carta Pastoral del Consiliario Nacional de Cursillos de Cristiandad, Monseñor Ángel Rubio: “EL DOMINGO, DIA DEL SEÑOR".

Texto extraído de:

El cristiano tiene dos maneras de santificar las fiestas. Ambas acompañan la vida de la Iglesia desde los primeros tiempos. Nos reunimos para celebrar la Eucaristía y dejamos de trabajar. Nuestra fiesta ordinaria es el domingo.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica un amplio espacio a justificar el cambio del sábado al domingo. Si el primero fue el día sagrado para los judíos, por haber sido el día, según el libro del Génesis, en que se concluyó la obra de la Creación; el segundo lo es para los cristianos, por haber tenido lugar en él la segunda Creación, la Resurrección de Cristo.
Se insiste en la obligación grave de participar en la misa dominical, de abstenerse en ese día de trabajos que impidan el culto debido a Dios y el descanso necesario para el cuerpo y el espíritu. Además se pide a los cristianos que tienen responsabilidades laborales sobre otros cristianos —jefes y patronos, por ejemplo— que eviten imponer sin necesidad cargas que impidan respetar el día del Señor.
Se aconseja, además, que los cristianos santifiquen el domingo con actos de caridad, como la visita a los enfermos, o con un mayor tiempo dedicado a la familia. La parroquia se presenta como el lugar idóneo para la Misa dominical, aunque no el único ni exclusivo. Sin acaparar todas las exigencias del amor de Dios, los tres primeros mandamientos del Decálogo recogen el valor y deber ético de la religión. Es de alabar que hayan recogido los valores positivos de la adoración, la alabanza, el testimonio de lo sagrado y su celebración (nn. 2055-2109).


Para los primeros cristianos, la participación en las celebraciones dominicales constituía la expresión natural de su pertenencia a Cristo, de la comunión con su Cuerpo místico, en la gozosa espera de su regreso glorioso. Dicha pertenencia se manifestó de forma heroica en el episodio de los mártires de Abitene, que afrontaron la muerte exclamando: «Sine dominico non possumus» es decir «sin reunirnos los domingos para celebrar la Eucaristía no podemos vivir».
El contexto cultural en el que vivimos, frecuentemente caracterizado por la indiferencia religiosa y por el secularismo que ofusca el horizonte de lo trascendente, no debe hacernos olvidar que el Pueblo de Dios, nacido del acontecimiento pascual, tiene que volver a éste como fuente inagotable si quiere conocer cada vez mejor los rasgos de su propia identidad y las razones de su existencias. El Concilio Vaticano II, tras indicar el origen del domingo, prosigue: «En este día los fieles deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC 106).
No escogió el domingo la comunidad cristiana; lo escogieron los  Apóstoles, o más bien el propio Cristo, quien en ese día, «el primero de la semana», resucitó y se apareció a los discípulos, renovando su aparición «ocho días después» (Jn 20, 26). El domingo es el día en que el Señor resucitado se hace presente en medio de los suyos, los invita a su mesa y se les entrega para que ellos también, unidos y conformados a él, puedan en la debida forma rendir culto a Dios. De ahí la importancia del «Día del Señor» y la centralidad de la Eucaristía como pilar fundamental del domingo y de toda la vida eclesial, puesto que en toda celebración eucarística dominical se realiza la santificación del pueblo cristiano hasta el domingo sin crepúsculo, día del encuentro definitivo de Dios con sus criaturas. Que el «Día del Señor», que bien puede llamarse también «el señor de los días», recobre una vez más todo su relieve y sea percibido y vivido plenamente en la celebración de la Eucaristía, raíz y centro de un crecimiento auténtico de la comunidad cristiana.
El Youcat (Catecismo Joven de la Iglesia Católica) enseña que “los cristianos han reemplazado la fiesta del sábado por la fiesta del domingo porque Jesucristo resucitó de entre los muertos en domingo. Pero el “día del señor” asume en sí elementos del sábado» (n. 364).

+ Ángel Rubio Castro
                                                              Obispo de Segovia