miércoles, 20 de febrero de 2013

"El pueblo de Dios", por Mons. Ángel Rubio

EL PUEBLO DE DIOS, artículo del consiliario nacional, Mons. Ángel Rubio, consiliario nacional de Cursillos de Cristiandad de España.


Hasta el Concilio Vaticano II la figura más estudiada en la Iglesia había sido la del “Cuerpo Místico”. Sobre la figura del “pueblo” la tradición, el magisterio y la misma Sagrada Escritura hablan muy poco. La encíclica “Místici Córporis” no nombra la finura del Pueblo de Dios. En realidad no hay contraposición entre esta figura y la del Cuerpo Místico. Hay distinción entre los dos, distinción que no es excluyente la una de la otra, sino más bien complementaria, por lo que las notas de las dos figuras se conjuntan en una misma institución. En la del Cuerpo aparece con claridad la influencia vital de Cristo en sus miembros, pero no aparece tan clara esa influencia en los que no son miembros y sin embargo reciben de El algún influjo vital, v. g. los paganos. En la figura del “pueblo” aparece más claro porque el elemento unificador no es tan íntimo como el de un cuerpo. Por tanto, la dimensión vital e interna de la Iglesia aparece con claridad en la figura paulina del cuerpo; la dimensión histórica y social es más propia en la figura del “pueblo”. Se destaca así la dimensión histórica de la Iglesia y su solidaridad con el mundo.
El pueblo de Dios es el nuevo Israel de la promesa y la predilección, sujeto a un nuevo pacto establecido en Cristo que lo selló con su sangre y lo vivificó con su Espíritu para la comunión de vida en caridad y verdad. Es una comunidad fraterna.


El texto conciliar señala las notas distintivas, características y comunes a. todo el pueblo cristiano o a los que de él forman parte, destacando la nota sacerdotal el sacerdocio común de los fieles. Este sacerdocio que se nos confiere por el Bautismo se ejerce particularmente en el culto del sacrificio y de los sacramentos. Conviene notar que el sacerdocio común de los fieles diferenciándose esencialmente del sacerdocio jerárquico, guarda con él una íntima relación, “se ordena el uno para el otro”. Todos los bautizados tienen la palabra dentro de la comunidad, deben aportar a los demás su propia experiencia y son el sujeto de la celebración litúrgica. La Iglesia no se reduce solo al clero y muchos menos a una sociedad donde unos mandan y otros obedecen, unos enseñan y otros aprenden, otros celebran y otros asisten. La Iglesia pueblo de Dios es sociedad orgánicamente estructurada, donde hay distintos ministerios. Hay que pasar de la Iglesia como sociedad desigual a comunidad fraterna.
Ahora bien, como Cristo no sólo es sacerdote, sino también profeta, este pueblo también participa del profetismo de Cristo. La profecía se define aquí como “la difusión del testimonio de Cristo”. Etimológicamente profeta es el que habla por otro, en el caso presente es el que habla a los hombres comunicándoles las enseñanzas de Dios, haciéndoles conocer el testimonio de Cristo. Este capítulo de la constitución sobre la Iglesia estudia las diversas maneras de pertenecer a este pueblo de Dios. Tradicionalmente este problema se conocía con el nombre de los miembros de la Iglesia. El Concilio ha rehuido emplear este término “miembro” y sus múltiples divisiones (en acto, en potencia, perfecto.)
El Concilio distingue dos grandes categorías de hombres: los que pertenecen a la Iglesia y los que todavía no pertenecen pero están ordenados a ella. Esta es la nueva nomenclatura. Pertenencia a la Iglesia que puede ser de “varios modos” y “ordenación” que depende del mayor o menor número de bienes, que como preparación al Evangelio, se encuentran en religiones no cristianas, o en los hombres que no profesan; ninguna religión.
El capítulo II termina subrayando con insistencia el deber misional universal de toda la Iglesia para cumplir el mandato del Señor.

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