sábado, 5 de enero de 2013

"El mejor regalo de Reyes: La paz", por Mons. Ángel Rubio


Al llegar estas fechas se suele hablar de los regalos que esos personajes simbólicos o al menos misteriosos hacen a Jesús Niño y a todos los niños, y no se suele hablar del regalo de Cristo, niño, a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Hoy queremos recordar el regalo de la paz que los ángeles cantaron “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
La paz —hay que decirlo— no es mera ausencia de guerra, ni se reduce a la tranquilidad del orden, cuando el orden se realiza con menoscabo de la justicia. La paz es la suprema aspiración de toda la humanidad. Se construye con los valores básicos de la justicia y la libertad.


El Concilio Vaticano II afirma que “Esta paz solo puede obtenerse en la tierra si se asegura el bien de las personas y los hombres comparten entre sí espontáneamente, con confianza, sus riquezas espirituales e intelectuales. La voluntad firme de respetar a los demás hombres y pueblos, y su dignidad y el esforzado ejercicio de la fraternidad, son absolutamente necesarios para construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, que va más allá de lo que la justicia puede aportar” (GS 78).
El siervo de Dios Pablo VI quien instituyo la Jornada Mundial de la Paz en el primer día del año nuevo decía: “Ante todo, hay que dar a la Paz otras armas que no sean las destinadas a matar y a exterminar a la humanidad. Son necesarias, sobre todo, las armas morales, que den fuerza y prestigio al derecho internacional; primeramente, la de observar los pactos”. (Mensaje  de 1976).
El lema de la Jornada Mundial de este nuevo año lleva como lema “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. La realización de la paz ha de construirse sobre cuatro bases, la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana. En efecto, la paz presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, de un enriquecimiento mutuo, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación. Es indispensable, pues, que las diferentes culturas actuales superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos puramente subjetivistas y pragmáticos, en virtud de los cuales las relaciones de convivencia se inspiran en criterios de poder o de beneficio, los medios se convierten en fines y viceversa, la cultura y la educación se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios. (cf. Mensaje del 2013)
La paz del evangelio es una persona “el Mesías, Príncipe de la paz”. Es un don de Dios: no la da el mundo sino Cristo. Y por consiguiente es una tarea de los discípulos de la Iglesia. Es muy frágil. La paz que a veces conseguimos la tenemos que pedir. Se trata de Paz con Dios viviendo según su voluntad con nosotros mismos y con el prójimo. Por muy difícil que parezca, por imposible que algunos lo vean, la Iglesia cree firmemente que puede haber paz; es el mejor regalo que podemos recibir. Implica acción, compresión, solidaridad, valentía y perseverancia. La paz colectiva será el fruto de un orden social. La lucha por la paz y la justicia  pertenecen a la misión testimonial y profética de los creyentes.

+ Ángel Rubio Castro, Obispo de Segovia y consiliario nacional de Cursillos de Cristiandad.
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