miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los otros protagonistas del Belén

Es ya tradición colocar en el Belén o Nacimiento una serie de figuritas que adornan y acompañan la escena del nacimiento de Jesús. Algunas aparecen citadas en los evangelios, como por ejemplo el Ángel. Otras surgen de la cultura y el folclore propios de cada zona geográfica.  Hoy, te quiero hablar sobre esas figuras que sí aparecen en los textos bíblicos y que contienen un significado y simbolismo más allá de la mera representación, o al menos, eso es lo que yo veo.
No voy a hablar de José, María y Jesús, porque sobran las palabras respecto a ellos. Hablo sobre el resto que presenciaron in situ el nacimiento del Mesías anunciado por los profetas desde antiguo. Aparecen el ángel, los pastores, los Reyes Magos y Herodes, la figura del mesonero o posadero, además de dos figuras que si bien no aparecen en los evangelios, nosotros por tradición y por costumbre colocamos en el Belén, que son el buey y la mula.


El o los primeros en aparecer son el mesonero o posadero y aquellos que negaban un lugar donde María pudiera dar a luz. Has de comprender que en aquella época, y por las leyes judías, ninguna mujer podía dar a luz en una casa, ya que la podría manchar de sangre y eso era considerado como impuro. Aun así, al parecer, finalmente alguien que se conmovió por la situación, prestó a los jóvenes esposos un lugar dónde traer al mundo a la criatura que iba a cambiar el mundo hasta entonces conocido. Y el lugar fue un simple establo o cueva que servía para guardar al ganado y los animales. De ahí, que el Rey del universo pasó sus primeras horas en una cuna improvisada en un pesebre. Pero dejando de lado las costumbres y leyes hebreas, ¿qué soy yo? ¿posadero sin lugar que prestar? O bien ¿alma que se conmueve?

La actitud de los que no querían dar cobijo a la Sagrada Familia la sigo teniendo hoy en día. Veo y juzgo las apariencias, sólo me fijo en qué puede traerme como consecuencia una actitud de acogimiento o buena voluntad con aquellos que más lo necesitan. No miro más allá, me quedo en lo que mis sentidos me transmiten sin caer en la cuenta de las verdaderas razones y necesidades de los que buscan la caridad de los demás. La mayoría de las veces nadie es culpable de las circunstancias y por ello, tampoco yo debo dejarme llevar por las apariencias y los prejuicios. Sea como aquel que, a pesar de conocer la realidad de su tiempo, permitió que la Virgen tuviera un sitio para traer al mundo al Salvador del género humano. ¿Es arriesgado? Sí, lo es. Pero debo acordarme de las palabras que Jesús pronunció en Mateo 25, 31-46: “ …cuando lo hicisteis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hicisteis…”Quizá en un mundo como el de hoy sea difícil fiarme de a quién ayudo o no, pero de eso se trata, de tener fe para poder ayudar.
Una vez que nació Jesús, y como dicen las Escrituras en Lucas 2, 8-12 y 2, 15-20: “Había pastores en aquella región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y un ángel del Señor se presentó ante ellos, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y temieron con gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy buenas nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Aconteció que, cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: Pasemos ahora mismo hasta Belén y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha dado a conocer. Fueron de prisa y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verle, dieron a conocer lo que les había sido dicho acerca de este niño. Todos los que oyeron se maravillaron de lo que los pastores les dijeron; pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como les había sido dicho.”

Primero tuvieron miedo ante lo desconocido, luego, sabiendo que era Dios quien les mandaba esa señal, no dudaron y fueron al encuentro del Mesías. Y se volvieron glorificando a Dios. El Señor se revela a los pobres y sencillos, a los que realmente tienen su corazón preparado ante las grandes cosas. No son los reyes o los nobles, son los más humildes, los que  creen en la palabra de Dios tal cual. No buscan señales del cielo, ni grandes prodigios, sólo la verdad. Y tú y yo podemos aspirar a ser como los pastores, humildes, sencillos, con el corazón dispuesto a lo que el Señor quiere de nosotros. Los pastores no vacilaron en hacer lo que se les mandó. Así debo actuar yo, raudo a la llamada. Como aquellos, tampoco tengo mucho que ofrecer pero lo que tengo lo pongo a disposición del Señor y de los demás, mis dones y pocas virtudes. Pero eso es lo que El necesita para que su mensaje sea transmitido. ¿Y el ángel? Es el mensajero. Fiel a lo que tiene que decir, sin adornarlo con palabras vanas o complicadas, sin añadir ni quitar. Así quiero ser yo, así debemos ser. Mensajeros del Evangelio y de la Buena Nueva sin olvidar ni una sola tilde, sin añadir ningún punto. Palabras justas y exactas, fidelidad a la Palabra. Quizá el mundo no entienda lo que digo, bueno, pues lo traduzco a las palabras que el mundo entienda, pero seguirá siendo la Palabra del Señor la que pronuncie. Sin miedo, con paz, con serenidad. ¿Y a quién decirla, a quién transmitirla? A aquellos que como los pastores esperan a que alguien se les aparezca un día y les diga que vayan a ver, que ha nacido el Salvador. Yo sólo debo pronunciar las palabras y Dios se encargará de hacerlas germinar como plantitas dentro del corazón de cada uno.

¿Acaso no son grandes hombres los Reyes Magos? Por supuesto que sí, pero grandes hombres en todo su conjunto, en todo su ser. Esperaron, estudiaron, planificaron la llegada del Mesías. Ellos eran grandes estudiosos de la Palabra de Dios y fue por eso que dieron con la verdad en el momento adecuado. Una vez que tuvieron la certeza de que algo grande pasaba, no dudaron ni un momento en ir a buscar aquello que llenaría sus vidas de plenitud y alegría. Dieron grandiosos presentes al Niño porque realmente poseían grandes riquezas. Y así de grandes son mis riquezas espirituales cuando hago igual que ellos, empaparme en la Palabra, leerla, meditarla, estudiarla, sin olvidarme de los Sacramentos, claro. Al igual que los magos, yo puedo descubrir grandes cosas y la Verdad leyendo y viviendo la Palabra. No es tarea fácil, pero cuento con mucha ayuda, desde las interpretaciones que hacen y han hecho los Santos y teólogos, hasta la del humilde sacerdote de barrio que espera en su parroquia a que vaya a preguntarle acerca de uno u otro pasaje de la Biblia. Y al final, el resultado será que habré descubierto la verdad desnuda y tajante del Evangelio que es la salvación. Que Dios a lo largo de la historia no nos ha dejado nunca solos, que ha sido capaz de encarnarse y asumir la condición humana para expiar mis pecados, conociendo el dolor y la humillación para poder obtener así la completa libración del ser humano. Ser libres del pecado y de las cadenas que el mundo y el mal van poniendo en mi caminar. Si los Reyes Magos fueron capaces de acercarse al misterio de la Salvación a través del estudio de las Escrituras, ¿acaso tú y yo no podemos?

Herodes, ante todo aquello tuvo miedo. El sabía perfectamente que nacería un Mesías, pero también creía que esa novedad en su tiempo iría en contra de él y su estatus y riquezas. A pesar de ser un hombre con creencias, su forma de vida le alejaba de lo que Dios quería, y cuando uno quiere alejarse del Señor, aunque el Señor jamás abandona, se pierde. Se pierde en miedos, inseguridades, falsas apariencias, comodidades,… Así como Herodes quería quitar de en medio el problema que le surgía, yo muchas veces quiero apartar a Dios de mi vida porque seguirle conlleva creer, dudar, descubrir, comprometerse, revelarse a lo políticamente correcto y hacer lo que Él me pide. Y le aparto, vaya si le aparto. De muchas maneras, detrás de excusas, aparentando normalidad, siguiendo la corriente que nos lleva. Pues no, el Señor no quiere eso de mí aunque sabe que en el fondo, le sigo amando, pero con condiciones. El quiere valientes, decididos, personas que anuncien sin miedo y con ejemplo, que hablen menos y hagan más, que vayan a visitar los templos que casi hemos abandonado y en los que habita de forma real y sacramental, que como Juan Bautista pienso en que “quien viene detrás de mí os bautizará con el Espíritu” y doy testimonio, que como tantos y tantos deje mi vida en la tarea evangelizadora. ¿Qué más tiene que hacer Jesucristo? ¿Nacer y morir más veces? Ya lo hace cada día. Ahora depende de ti y de mí, si queremos ser como los pastores, como los Reyes Magos, como el ángel. O como el buey y la mula, que en silencio y casi inadvertidos acompañan y dan calor. Cuantas personas entran en una iglesia, inadvertidos, en silencio, acompañando al Señor en el Sagrario. Y sin embargo, su testimonio está gritando una vida de fe y entrega, un Evangelio a voces desde el rinconcito más silencioso.
No quiero ser un Herodes temeroso, no quiero ser un posadero prejuzgante, no quiero ser un cristiano descafeinado y con excusas. ¿No te das cuenta que Jesús nos ha salvado, nos ha liberado? Ponte en camino, ve a Belén de Judá, póstrate ante el Niño que nace y adórale. Preséntale el regalo más valioso, tú mismo, y deja que Él entre en ti y te lleve de la mano para anunciar al mundo: ¡¡JESÚS HA NACIDO, Y ME HA SALVADO!!

Vive la Navidad, vive en cristiano, vive DE COLORES
José Alberto Fernández.
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