jueves, 1 de marzo de 2012

Los seglares, testigos para una nueva evangelización

Para poder asumir de lleno una auténtica pastoral de conjunto debemos limpiarnos de todo prejuicio y, sin confundir las cosas, evitar todas las dualidades posibles. Hay que afirmar con toda la tradición de la Iglesia que la instauración de la Eucaristía lleva consigo la fundación del sacerdocio cristiano, pero no sólo del ministerial, sino también del sacerdocio de los fieles. 
 
 
 
Nos lo recuerda la propia Sagrada Escritura: «Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 Ped 2,9). Lo que Pedro afirma de sus contemporáneos, el Apocalipsis lo universaliza a todas las naciones y generaciones: «Eres digno de tomar el libro y abrir con sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra» (Ap 5,10). 
 
Ambos textos se apoyan en la vieja tradición veterotestamentaria por la que Yahvé constituye a su pueblo Israel como «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6). Lamentablemente, la historia, tanto la del antiguo Israel como la de la propia Iglesia, nos ha mostrado el escaso eco que han tenido estas proclamas liberadoras (y, de algún modo, democratizadoras) que, no obstante, no dejan de ser Palabra de Dios para hoy y para todos los tiempos.
 
Los laicos son también sacerdotes y realmente celebran la Eucaristía, no son asistentes ni receptores pasivos (miremos un poco nuestras misas de Domingo). Aunque no presidan, ofrecen a Dios el sacrificio sacerdotal de Cristo, que es su vida misma, uniéndose a él con sus vidas consagradas. Hay que superar, por tanto, la clericalización de las celebraciones sacramentales y esforzarlas por hacer las celebraciones comunitarias y participadas. Esto es lo que hace del laico un sacerdote en el mundo, es decir, una persona que todo lo refiere a Dios, al conectar sus propias experiencias con las de Jesús. Como señala el Concilio Vaticano II, los laicos consagran el mundo a Dios (Lumen Gentium 34).
 
La idea del Pueblo de Dios, señalada en las Sagradas Escrituras y recogida por el Concilio Vaticano II, abarca a todos los miembros de la Iglesia y enfatiza que, en cuanto cristianos, somos todos hermanos con igual dignidad y nadie más que el otro. Al cambiar la significación de unos (laicos) hay que modificar la de los otros (sacerdotes). 
 
No hay que tener miedo a la revalorización de los laicos y al reconocimiento de su auténtico protagonismo eclesial porque ello no conlleva la depreciación de los clérigos y religiosos. Sólo se da esto desde una eclesiología deficiente o desde una sucesión de complejos personales. No se trata de una «clericalización» de los laicos. Cuanto más significado cobra la vocación cristiana mayor es también el valor de la identidad sacerdotal. No olvidemos que nosotros, los sacerdotes, somos los siervos de la comunidad y que los religiosos surgen en la Iglesia para revitalizar la vocación cristiana y servir de signo y testimonio a todos. Tener miedo a la maduración y protagonismo de los laicos implica, inconscientemente, la defensa de posturas de poder e influencia que se han acumulado, a veces indebidamente, a lo largo de los siglos.
 
Es urgente una colaboración entre sacerdotes y seglares, especialmente para cuanto concierne a la misión en el mundo. Y hacerlo desde la superación del dualismo «clérigos/laicos» en el que los primeros dan siempre las directrices y los segundos las ejecutan sin más cuestionamientos. La colaboración entre los sacerdotes y los laicos, tanto en el orden teórico (evaluación de las realidades temporales a la luz del Evangelio) como en el práctico (acciones concretas en la sociedad), exige una mayor corresponsabilidad, diálogo y autonomía de los seglares. Los sacerdotes debemos caer en la cuenta de que también estamos afectados por la necesidad de búsqueda y que necesitamos la aportación de los demás, como iguales y entre iguales, y no hacerlo únicamente debido a la escasez de vocaciones sacerdotales.
 
Es importante y beneficioso imaginar un laicado formado plenamente y que asuma la evangelización de tantos ambientes y tantas realidades que jamás pisaremos los sacerdotes. Si son ellos los que deben trabajar en el ámbito político, sindical, laboral... ¿Por qué no son ellos también los que pueden iluminamos a los sacerdotes en la comprensión de dichas realidades socio-políticas? Si son ellos los que trabajan en los hospitales, en los centros educativos... compartiendo el trabajo con no creyentes y debatiendo juntos las grandes cuestiones y dilemas que se plantea la humanidad actual (bioética, justicia social, derechos humanos...), ¿no debieran tener una voz especial y propia en los consejos parroquiales, incluso Pontificios, en las instituciones académicas católicas, y no ser simplemente receptores pasivos de la doctrina eclesial? ¿No son germen y semilla de evangelización?
 
Recientemente, el Papa Benedicto XVI envió un mensaje al Consejo de Laicos que se celebró en Seúl en el que animaba a los laicos a testimoniar lo bello que es ser cristiano: «Pienso en particular en las oportunidades ofrecidas por su ejemplo de amor cristiano en la vida conyugal y familiar, su defensa del don divino de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, su amorosa preocupación por los pobres y los oprimidos, su disposición a perdonar a sus enemigos y perseguidores, su ejemplo de justicia, honradez y solidaridad en sus lugares de trabajo, y su presencia en la vida pública».
 
La Nueva Evangelización no pasa ya por conversiones masivas ni imposiciones culturales. Sólo será posible si hombres y mujeres auténticos, como personas y como cristianos, testimonian a Jesucristo Salvador y Liberador en una Iglesia fiel a su Señor, pero alegre y abierta, sin miedo al diálogo con el mundo moderno, profética para denunciar con valentía las injusticias de los poderosos, familia grande donde todos (sacerdotes y laicos, pobres y ricos, hombres y mujeres) son acogidos como iguales y como hermanos. 
 
¿Seremos capaces de renovarnos todos (sacerdotes y laicos), de dejarnos iluminar por el Espíritu, para ofrecer al mundo actual una Iglesia que testimonie a su Señor con alegría y valentía, en la que se vea que su mensaje es liberador, acogedor y auténtica alternativa a un mundo secularizado y muchas veces egoísta e insolidario?
 
Eduardo Martín Clemens, en 2011, para la revista Kerygma y otros medios de información.
Eduardo Martín Clemens es párroco de Santa Cruz, delegado diocesano de Misiones y consiliario de Cursillos de Cristiandad en Sevilla.