martes, 31 de enero de 2012

Un testimonio ampliado tras el Cursillo Nª 710

Acudí al cursillo sin muchas ganas y con un poco de miedo a lo que Dios pudiera allí pedirme. Pero me lo recomendó encarecidamente mi párroco después de confesarme con él.
    
Y allá que fuí.
    
Yo sólo sabía que mi padre, más o menos, cuando yo nací, hizo el cursillo y que volvió de allí transformado, mucho mejor persona, de lo que nos beneficiamos sus siete hijos, porque fue mucho mayor su amor, y muchísimas personas en mi pueblo, porque fue mucho mayor su generosidad.
    
No conocía a nadie. Pero enseguida el ambiente me cautivó. Me vi rodeado de buenas personas, valiosísimas, discretas. Me sentí un cristiano menos solitario. Viví la verdadera universalidad de la Iglesia. Allí había una enfermera, un bombero, una estudiante con piercing, varios profesores, dos abuelas, un abogado, una bióloga, un informático, un economista... Pero todos estábamos unidos en la búsqueda; buscábamos la misma luz, colorear nuestra vida espiritual, que se había visto oscurecida y esclavizada por el pecado o sepultada por la tibieza y la desgana o por el desencanto de haber adorado falsos ídolos. Todos ansiábamos un encuentro con el Autor de las estrellas, con el Cristo humano y divino, el que bailó en Caná y sudó gotas de sangre en Getsemaní, el que expulsaba los demonios y llevó niños en brazos, el que daba agua viva al sediento... 

Y allí se produjo mi encuentro con Cristo. Por vez primera, Dios dejó de ser un ente espiritual al que agotar con mis plegarias cuando estaba triste, y se me mostró ese rostro humano, amable, amante, el del Cristo que nunca me había abandonado pero que yo era incapaz de ver en su humanísima divinidad. Y Él me ha hecho el regalo de quedárseme tan grabado desde entonces, que, aunque de nuevo el pecado me ciegue los ojos, lo seguiré teniendo en el corazón.
    
Y ese Cristo humano y vivísimo no se me reveló mediante una aparición o un éxtasis, sino de mano de mis hermanos, cuando nos reunimos ante el sagrario en oración y allí cada cual le habló como buenamente pudo y supo, con el corazón en la mano, y yo sentí que Él estaba allí queriéndonos tanto, tanto, que estallaríamos de alegría, luz y color si entendiéramos solo un poquito de ese Amor loco, que es su debilidad.
    
Me sentí tan amado, tan reconfortado, tan comprendido, que ahora me siento menos solo en mi bregar diario. Otros, me consta, han dado un paso más y, en vez de salir de allí pensando, como yo, que Cristo es mi guardaespaldas y hace muchas cosas por mí, le preguntan a Él qué pueden hacer por Él.
    
Quizá sea esa mi búsqueda en el siguiente cursillo.
    
Por todo ello, quiero agradecer la abnegación simpática, desenfadada y generosa y alegre con que los organizadores del cursillo nos han agasajado a todos. Me han regalado más felicidad que todos los libros de autoyuda que me he zampado con desesperación, más que todos los filósofos que he leído con avidez.
    
Ellos nos han regalado unos días intensos e inolvidables, de colores, con la emoción de la más alta poesía, la de Dios.


Enviado por Jesús C., del Cursillo Nº 710. En Sevilla, a 30 de enero 2012.