viernes, 27 de enero de 2012

Sin Luz no hay Colores

Esta afirmación es tan simple, tan obvia que hay veces en que la pasamos de largo.
 
Sabemos  que la luz es el elemento que produce los colores. Más apropiadamente deberíamos decir que en la luz se encuentran contenidos todos los colores, y cuando ella desaparece, los colores se apagan y también desaparecen.
 
Nosotros, en Cursillos, nos empeñamos en vivir la vida de colores. Se nos llena la boca cantando “De colores” y es como nuestro  distintivo; esa “contraseña” con la que nos reconocemos en cualquier parte del mundo. Y sin embargo, nuestros propios colores, tan vivos después del Cursillo, se pueden ir apagando hasta desaparecer. Y todo porque, casi sin darnos cuenta, nos vamos yendo a zonas de penumbra en vez de vivir a plena luz.
 
La luz es Cristo y la oscuridad nuestros pecados. Esa es nuestra eterna lucha, entre la luz y la oscuridad. Por eso en muchas ocasiones, descubrimos que  en vez de ser luciérnagas que acuden a la luz, nos convertimos en vampiros que sólo saben vivir en oscuridad porque la luz les molesta.
 
Pero lo peor es vivir en la gama de los colores desvaídos. Esa es la situación de la tibieza; en la que los colores nítidos de antaño van volviéndose “tonos pastel”. En esos momentos, nos parece que mantenemos nuestra coloración primera, cuando la verdad es que  nos vamos acostumbrando a los tonos tenues sin percibir que estamos desembocando en los grises.
 
Cuando ocurre esto, hay que pedir la gracia de reconocer la situación de  tibieza y luego tener el valor de volver a  abrir nuestra vida a la Luz para recuperar nuestros colores vivos, nuestros propios colores.
 
Por eso iremos a nuestro Padre Dios  y nos acusaremos de ser grises, de haber perdido los colores. Y la luz volverá a nuestro ser… y nos sacará los colores.
 
Estar  ante el Señor en el sagrario será exponerse a la luz, leer el evangelio será  exponerse a la luz y encomendarse a María será hacerlo ante la Madre de la Luz.
 
Desde Cursillos deberíamos proponer una nueva advocación de María:  la Siemprecoloreada, o Nuestra Madre de Colores. Porque sólo Ella pudo vencer siempre y en cada momento de su vida  el pulso que le tendió la oscuridad.  Al fin y al cabo, Ella concibió y dio a luz a la Luz de la que brotan todos los colores, los nuestros también.
 
Fernando Parra (presidente de Cursillos Sevilla).