jueves, 3 de noviembre de 2011

Invertir en Cursillos de Cristiandad.


UNA PASTORAL QUE NO HIPOTECA.
INVERTIR EN CURSILLOS DE CRISTIANDAD

Anunciar a Jesucristo, sentir con la Iglesia, implicarse en los problemas de este mundo, desde las fronteras y las nuevas emergencias, y vivir bajo la acción del Espíritu: Desde cualquier atalaya de la Diócesis, donde nos asomemos para sentir el vértigo del siglo XXI, no hay realidad pastoral alguna en la que no se encuentre algún cursillista: Consejos pastorales, comunidades religiosas, hermandades y cofradías, grupos parroquiales, etc.

Se puede decir que, desde los comienzos, Cursillos ha sido un movimiento que ha motorizado todas las iniciativas evangelizadoras propuestas por los obispos y asumidas por los fieles. Algunos son de antaño y otros de encuentros más recientes, pero todos con el mismo sello y el crucifijo como compañero de camino fieles a su patrón de anunciar a Cristo y este crucificado.

La perfección y la eternidad sólo pertenecen a Dios, de ahí para abajo todo son mediaciones que sirven “en tanto en cuanto” por utilizar el sentir ignaciano. Desde que llegué a la Diócesis, oí decir al Cardenal Amigo Vallejo que las dificultades son para superarlas y no para hundirse con ellas, de ahí que entiendo toda dificultad ha de convertirse en momento de gracia para, desde los orígenes, emprender una renovación sincera y  valiente para amar más y servir en todo. Vivir de las añoranzas del pasado es estancarse en el tiempo, agonizar en la pastoral y esperar el final malgastando los talentos recibidos. Arriesgarse a correr aventuras particulares es prescindir del sentir de todo el Movimiento y recrear la propia parcela que no conduce más que a fomentar el orgullo personal y poner en otro plano la acción del Espíritu que es lo más visible en Cursillos. Sin la Gracia santificante no se entendería nada de nada.

A raíz de la convocatoria que hizo Juan Pablo II a una “nueva evangelización” Cursillos se siente más interpelado que nunca a revestirse de nuevos ardores, nuevos métodos y nuevas expresiones. Para las parroquias y hermandades sigue siendo un instrumento tan válido que no hipoteca ni el tiempo de servicio ni las realidades personales, sino que a medida que se vive más intensamente el Cursillo, más consolidada está la presencia apostólica de su miembros allí donde surgieron.

En Cursillos nadie debe ir como maestro ni sentirse imprescindible, sino siempre acompañado con Jesús y dejándonos interpelar por la palabra de Dios. No es misión de Cursillos adoctrinar (se puede correr serio peligro), sino dejarnos cuestionar por la Escritura. La oferta sigue siendo más válida que nunca. Un mundo que se resiente de atonía y rutina reclama más que nunca la sorpresa de Dios y si todo está programado, si no hay sorpresa de la Gracia no prestamos servicio alguno al Evangelio. Los carismas aparecen y desaparecen en la Iglesia porque el Espíritu que los suscita sabe mejor que nosotros de los tiempos propicios para la gracia. Si vamos a los esencial y no a los ribetes. Si volvemos a Jesucristo recuperando el ser y el vivir, el hacer el bien, viene después, como consecuencia de este encuentro personal, el implicarnos en lo social y el atender a los pobres. De esta manera, los Cursillos de Cristiandad pueden ayudar a formar servidores de Evangelio que siembren la semilla del Reino de Dios en el Tierra, comprometidos con  los valores del Evangelio y con la transformación del mundo, de los corazones y de las estructuras.

En Cursillos se descubre a Jesús y queda como el referente de nuestra vida. El seguimiento es muy importante en una sociedad en la que prevalece la dictadura del relativismo. En Cursillos, la fidelidad a la Iglesia es tan fuerte que roza con el martirio. Quizá no el martirio físico que lleva a la pérdida de la vida, pero sí ese martirio entendido como testimonio de fidelidad a una Iglesia muy cuestionada y no únicamente por grupos ajenos a ella sino también por determinado grupos que la conforman. Testimonio, no servilismo. Fidelidad al único Señor: JESUCRISTO. De ahí que lo más actual es la aplicación del sentir conciliar al concebir la Iglesia como Pueblo de Dios. Sin los sacerdotes no se entendería por qué la parte ministerial es un vehículo esencial para la Gracia. Sin los seglares no tendríamos razón de ser ni se revestiría el movimiento de la parte testimonial y la santidad en la vida ordinaria. No hay mando, hay servicios. No hay protagonistas porque, desde los diversos carismas, todos deben dar lo mejor de sí mismo para que desde la conversión, se pase a lo vivencial y de ahí a la Iglesia que es donde se cuece todo.

Desde todos los rincones de nuestra diócesis, desde las grandes urbanizaciones hasta el asentamiento del Vacie, desde los grandes empresarios hasta los humildes obreros, a nadie se pide el carné de identidad y todos se encuentran cada lunes arrodillados a los pies del sagrario, cuando asisten a la escuela, para intentar hacer este mundo un poco mejor. Deuda de gratitud tenemos con Cursillos de Cristiandad en Sevilla. Agradecimiento profundo a tantos hombres y mujeres, presbíteros y laicos que sin ruido encontrando sus dones, su espiritualidad. Cursillos no la tiene propia porque no quiere nada para sí sino servir a la Iglesia desde cada realidad particular y ser fermentos en las parroquias y en las zonas pastorales. Como así también lo pretendieron dos pioneros de la Obra de Cursillos de Cristiandad fallecidos: Sebastián Gaya Riera (23-12-2007) y Eduardo Bonnín Aguiló (6-2-2008). Seguro que ambos desde el Cielo, abrazados al Dios Amor, alentarán el seguimiento actualizado y comprometido de los Cursillos de Cristiandad.

Eduardo Martín Clemens, Consiliario de Cursillos de Cristiandad (texto de abril de 2008).